Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Central

Columna de Opinión de Rodrigo Larraín: EL MAL MENOR, LA TOLERANCIA Y LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Chile se ha vuelto muy raro, así lo muestra esta elección presidencial. Por una parte, un par de candidatos se unen en la idea que hay que detener a otro, no sobre la base de ideas que someter al escrutinio público, sino en nombre del mal menor, es decir, que no quedaría más que, a pesar de sus deméritos, votar por un candidato aunque no nos exulte de gozo el corazón. Los cuatro candidatos dan entusiastas muestras de tolerancia focalizándose demasiado –al decir de demasiados– en la tolerancia para con los homosexuales. Y, caminando en el filo de la navaja, todos esperan tener un comportamiento tan políticamente correcto que la pasión y la sustancia aparece poco.

 
 
El mal menor es una doctrina moral enseñada desde hace un par de siglos por los católicos. Al comienzo no tuvo gran éxito, pues se la tildó de inmoralista y relativista pues intentaba articular la fe y la conducta con posiciones consideradas entonces liberales; sin embargo, más tarde ganó terreno cuando las ciencias ganaron, a su vez, terreno y fue imposible desconocer sus avances. Así el denominado pecado de naturalismo quedó sin base de sustentación. El “voto útil” es un ejemplo de mal menor.
 
Frente a dos opciones malas –que son, de hecho, dos males morales– habría que elegir la que hiciera menos daño; al revés de los fundamentalistas que sostienen que no hay diferencia de magnitud en el mal y que sostienen la licitud de sustraerse a la opción entre ambos. No siempre es posible evitar el mal y hacer el bien, tampoco en términos religiosos se puede hacer el mal si se busca sinceramente la salvación, como pretende el grupo aquel que trata de convencernos de que el mal de su fundador produce obras buenas (bueno, si el grupo se llama igual que el demonio, Mc 5: 9). No, no hay mal menor allí, solamente mal mayor. Tampoco en la política hay mal menor, quizás si lo que haya es la incapacidad de hacer propuestas convocantes y representativas en una sociedad que cambió tan profundamente y que, pareciera, nadie de las cúpulas políticas se hubiera dado cuenta. Una propuesta nueva no puede ser solamente el refrito de campañas exitosas traídas del extranjero y arropadas con ofertones que contradicen los principios del mismo grupo de apoyo al candidato. Así, pues, no podemos llamar mal menor a la mediocridad sustantiva recubierta de oropel mediático.
 
No he sido nunca antipolítico, pero el mal minorismo me parece una mala excusa. Es una excusa mala y contradictoria cuando sirve para sostener alguna clase de liberalismo extremo, el neoliberalismo, toda vez que el fue un adjetivo que se le colgó a los católicos llamados de avanzada. Los malninoristas en asuntos de fe y moral religiosa no son nunca reaccionarios. El recurso al mal menor es improcedente en sociedades seculares.
 
Y si de secularistas se trata, la tolerancia parece ser una virtud. Pero no lo es, tolerar es sostener, aguantar, y un bien no se aguanta, se disfruta. Por lo que tolerar no es bueno ni malo en sí, depende de qué se nos pide aguantar. Políticamente, ha sido una inmoralidad haber sido tolerante con la maldad intrínseca de un régimen, por ejemplo, ello porque se deja permanecer un mal con nuestro aval incluso. Lo que ocurre en nuestros colegios es un ejemplo de exceso de tolerancia por la tolerancia, porque se han aceptado medidas, formas y cambios que no tienen ninguna comprobación empírica, no se basan en la experiencia y, las más de las veces, repugnan a la lógica y al sentido común. Piénsese en como se abolió la disciplina o las ideologías en torno a la educación que han significado que ésta es un juego y no resultado del esfuerzo. Lo mismo ocurre con el Acuerdo de Vida en Común que idearon algunos que, como esta de moda ser tolerantes, nadie dice que es una clase de matrimonio porque regula los mismos bienes del matrimonio (patrimonio, herencia, previsión y salud) excepto los hijos, o sea, no sería más que un matrimonio estéril (que deja pendiente referirse al sexo de los que podrían contraerlo) y que trae incluso su propio divorcio (si uno de los contrayentes se casa. Si no fuera matrimonio, ¿por qué se extinguiría con la celebración del matrimonio común?, ¿es que acaso se quiere evitar la bigamia? Si fuera otra cosa se podría estar casado y también “acordado en común con otro”.
 
Aunque la tolerancia no es una virtud sí es necesaria, sólo que exige un esfuerzo de discernimiento. Vamos ahora a un breve comentario sobre lo “políticamente correcto”. Algo políticamente correcto se produce cuando nos parece que tenemos que ser extremadamente cuidadosos para no ofender a un grupo de la sociedad; esa precaución la tomamos ante un grupo desventajado o que ha sido tratado de un modo diferente en función de su sexo, etnia, inhabilidad u otra causa. Por lo que la opinión pública juega aquí un rol esencial, controlando que no emitamos opiniones políticamente “incorrectas” sobre un grupo que se siente minoritario o en desventaja; quizás si el elemento más poderoso para ser tolerante, malminorista y políticamente correcto sea el amor. Sí, es cuantioso el número de apelaciones al amor para justificar hacer sufrir a otros que sufrieron nuestras irresponsabilidades, en menor medida la salud es una excusa para dar la cara ante los inocentes. El que rehace su vida, el que se da vuelta la chaqueta, el que sólo comete un error y no un delito, el que espera le den una nueva oportunidad, el que se toma un año sabático, el que espera se evaluado por el esfuerzo y no por el resultado,… Todos esperan comprensión y cariño (y un perdonazo moral) en nombre del amor y de la salud emocional.
 
El sujeto políticamente correcto es resultado del ahogo de la razón y de basar el comportamiento en cuestiones emocionales. Es increíble escuchar a los opinantes de los medios que declaran tratar de estar en paz y no meterse con los demás, huir del stress, y si es barriobajero, “estar calmao, loco”. Es el horror al sacrificio, el rechazo a los planes, la alergia a la lectura –y a la comprensión lectora– y a pensar abstractamente. Es la era de la inteligencia emocional. Y bueno, emociones, individualismo, no me meto con nadie, hedonismo, alumnos e hijos incomprendidos, una sociedad de “pobrecitos”… y así se nos va la democracia. Porque el mal menor irreflexivo, la tolerancia extrema y lo políticamente correcto absolutizado, implica una indulgencia total en que el esfuerzo se acaba. 
 
Como las religiones occidentales se basan en la noción de pecado y virtud y en un juicio postrero, no está demás recordar un sabio proverbio: “El que escatima la vara, odia a su hijo, quien le ama, le reprende” (Pr 13:24). Es que las sociedades comienzan en el hogar, y esto nos envía a otro tema, el de si esta sociedad quiere a la familia, da facilidades para formar a los hijos y la forma como se organiza el trabajo permite que haya matrimonio, familia e hijos.
 
Sinceramente, hubiera esperado candidatos algo más jugados, y que estuvieran dispuestos a romper la idea tan de clase media baja que dice que tenemos una campaña agresiva y llena de descalificaciones, cuando ello no es así.
 

Rodrigo Larraín, Sociólogo y académico de la U. Central.


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