Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Central

Columna de opinión de María Teresa Del Río: ¿RECIBIÓ CASTIGO FÍSICO EN SU NIÑEZ?

Si una persona recibe esta pregunta de parte de un interlocutor interesado, seguramente no lo dejará indiferente. La pregunta es crucial por varias razones: Primero, le solicitan evocar escenas de niñez y esto puede ser amenazante si fue castigado de manera inapropiada o injusta. Implica reconocer que sufrió maltrato. Segundo, la persona pudo haber sido castigada de manera inapropiada y, sin embargo, justifica el o los castigos que recibió “porque se los merecía”, era un niño o niña “difícil”, sus padres o uno de sus cuidadores tenía “poca paciencia”, etc. Esta vez, se sufrió maltrato justificado por la  víctima. Tercero, la persona no sufrió castigo inadecuado, sus padres y/o cuidadores le amonestaron en forma constructiva y esto no amenazó la relación afectiva. Entonces no fue maltratado en su niñez.

Desgraciadamente, esta última realidad la vive una minoría de las personas en Chile, si bien las políticas de infancia sobre el tema que se articularon muy fuertemente desde los años 90 en nuestro país, han ayudado a disminuir las tasas de maltrato, aunque están lejos de remediar el problema.

De mi experiencia en el tema, la mayoría de las personas prefieren no reconocer la gravedad del problema, porque es doloroso, de manera que tienden a minimizarlo o en casos más extremos, a negarlo. Los expertos lo llaman “las cifras negras del maltrato”, lo que significa que el castigo físico suele ser mayor en la población que lo reportado por los estudios y encuestas. Esto es válido para todo tipo de maltrato o abuso.

Actualmente estamos mejor informados y no justificamos el maltrato físico, pero si observamos las prácticas relacionales a nuestro alrededor, vemos malos tratos en forma frecuente. Se da en forma de abuso verbal, como lenguaje grosero o procaz que se usa cotidianamente y en todo lugar, violencia física en sus más diversas manifestaciones en espacios públicos, ya sea riña, delitos o incidentes menores, descalificaciones, desprecio, desvalorización en forma de opinión o acusaciones hacia otros y usados a favor de la persona propia, etc.

Ahora, si usted observa a alguien actuando así, ¿Qué piensa de la conducta de esa persona puertas adentro? Yo pienso que las personas no nos desdoblamos y no nos convertimos en gentiles y respetuosos en un lugar y groseros y peligrosos en otro. Tenemos patrones más o menos estables de conducta. Generalmente se es en casa como se es fuera de ella. El maltrato lo practica quien lo justifica como práctica válida, ya sea de una manera u otra en sus relaciones cercanas o no cercanas.

 
 
Hoy, los niños saben mejor sus derechos y los hacen valer. Pero no necesariamente pueden detener el maltrato por parte de un adulto a cargo de ellos. Es más, puede existir maltrato grave o crónico y los hijos siguen bajo la tutela de sus padres, por cuanto es difícil probarlo, frenarlo o encontrar a alguien que se haga cargo de esos niños desdichados. Los juzgados de familia en nuestro país están atochados de juicios por malos tratos y otros problemas familiares graves.
 
Nos queda una gran esperanza en medio de estas dudas. Si los niños conocen y distinguen buen trato de mal trato, es más probable que el mal trato no sea parte de sus relaciones de adulto. Para hacer desaparecer el flagelo del maltrato se necesita de un cambio cultural y varias generaciones.
 
Por último, un posicionamiento ético. El castigo físico en los niños constituye un enorme acto de cobardía, impunidad y falta de recursos adecuados de parte de los adultos. No hay mal trato justificable ni teóricamente, ni en la vida cotidiana. El maltrato es, paradojalmente, resorte de los débiles, ya que no tienen mejor manera de hacerse respetar o negociar un desacuerdo. El buen trato lo ejercen las personas asertivas, que son capaces de hablar por sí mismas y que ven en la negociación de diferencias con otros una oportunidad para crecer. Los niños pueden aprender sobre derechos o prácticas adecuadas a través de una convención o ley marco, pero aprenden aún mejor observando a sus seres más significativos en la cotidianidad.
 
María Teresa Del Río, Psicóloga y Decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Chile
 


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